16.10.07

AVÍSAME CUANDO TE MUERAS


El dormitorio está en penumbra, a duras penas puedo abrir los ojos. Huele a té recién hecho, aunque el aire viciado de la habitación lo transforma en olor a hierbas medicinales.
Despertarme es siempre una monótona alegría. Es una fiesta de placer levantar los párpados con dificultad y ver a mi marido instalado viendo la tele. Aislado de la realidad, con los auriculares bien ajustados. Me incorporo con ilusión pensando que tal vez esté viendo las noticias pero a los pocos segundos, me desanimo al comprobar otra vez, que es una de sus grabaciones de la consulta de su médico favorito, el doctor Uriarte, el urólogo, aunque bien podía ser el cardiólogo, el neurólogo, el otorrino o cualquier otro especialista a los que acude con asiduidad. El doctor Uriarte es un fenómeno como orador, describe con todo lujo de detalles el aparato urinario y da todo tipo de consejos de los cuales mi marido, sabiamente, se aplica los que le da la gana. “No retenga durante mucho tiempo las ganas de orinar”. Ya ves a Jaime visitando el cuarto de baño religiosamente, en periodos exactos de una hora. Pero el bueno del señor Uriarte, también dice que “se realice ejercicio físico de forma regular” y ahí lo tienes todo el día tirado en la cama.
—¡Carai! Cómo quema la taza— grita mi marido.
—Jaime, espavila, quítate los auriculares. Levántate y ponte en marcha, que ya es tarde.
—Aprovecho un ratito mientras desayuno aquí mi taza de té, en la cama.
—Está bien, pero pon las noticias y quita eso.
—No empieces a amargarme el día que ya estoy bastante preocupado, no me encuentro bien. Ya sabes que me relaja escuchar al doctor.
Me retengo un poco, no quiero preguntarle qué es lo que le pasa hoy, por miedo al aluvión de síntomas pero sé perfectamente que espera mi pregunta de una manera ansiosa. Él quita la clavija de los auriculares para que yo también disfrute al escuchar a su doctor Uriarte, me muero de ganas.
—Bien ¿Qué te pasa?
—Estoy mal, tengo muchas sensaciones extrañas.
Tengo la impresión de que mis yemas de los dedos notan más de lo normal el frío o el calor ¿A ti qué te parece Teresa? ¿Puede ser algo grave?
—Gravísimo. Debes llamar al médico inmediatamente.
—¿Si? ¿Y a qué especialista llamo?
—Mejor no te contesto a esa pregunta. Deberías levantarte ya, vas a llegar tarde al trabajo.
—Hoy no creo que pueda levantarme, además me duelen los riñones y veo sombras raras, cosas que se asoman por el rabillo del ojo.
—¡Dios, qué cruz¡ Por favor Jaime, dime que no es verdad que te vas a quedar otro día en la cama.
—Tú siempre igual, no te das cuenta de lo que sufro. Y pensar que ayer mismo estuvimos en urgencias.
—Si, y, hoy seguro que tendremos que volver con nuevos síntomas.
Se acomoda de nuevo los cascos acariciándolos con suavidad y su cara se ilumina como si fuera un niño escuchando un cuento de los labios de su madre. Se le cae incluso la babilla. Intenta mojar un melindro en su taza de té pero no atina. Una vez lo consigue le da vueltas al dulce, como si tratara de la cucharilla, entonces, las partículas del melindro flotan y se hunden alternativamente, formando un caldo imbebible.
A mí se me va la fuerza, me aflojo y me deshago entre las sábanas, no tengo ganas de enfrentarme al día y menos con él en casa. Me tapo la cabeza y como para comprobar si algo ha cambiado, la destapo en un movimiento rápido. Me gustaría sorprenderlo mirándome, comprobando si estoy viva. Pero no. Su cara es ahora un remanso de paz, la grabación ha debido llegar a la parte en la que el doctor le empieza a hacer una descripción minuciosa de todos los medicamentos que debe tomar. Saborea los gustos amargos y dulzones de los jarabes y experimenta la dificultad de pasar las gigantescas píldoras por la estrechez de su garganta maltrecha. Estoy segura de que siente las friegas de alcohol y respira los efluvios que lo embriagan.
—¿Te acordaste de comprar todos los medicamentos que te encargué?—me grita sin darse cuenta de su tono de voz y yo le arranco los auriculares.
—Sí Jaime.
—No te olvidarías de ese producto nuevo que anuncia la tele para la hidratación de los pies. Últimamente me duelen mucho.
—Si Jaime, te huelen mucho.
—¿Cómo dices?
—Que sí Jaime.
—Perdona, es que tampoco escucho bien, esto no debe ser normal.
—Tienes razón.
—Ves, ya te lo digo, estoy muy mal. ¿También te acordaste del alcohol y el algodón? No te lo repetí y andamos muy escasos.
—Si Jaime.
Un silencio caliente y monótono me empuja a dormirme de nuevo. Sueño. Veo la imagen de una cámara que nos enfoca desde arriba como si estuviera colgada en el techo. Dos cuerpos separados el uno del otro, en la misma cama, refugiados con la sábana. De nosotros sólo se ven las formas, como montañas nevadas vistas desde un avión ¿Quienes son los que se esconden debajo de la sábana? ¿Queda algo que merezca la pena destapar? Entonces me despierto de golpe. Me incorporo y estudio los movimientos de Jaime. Abre el cajón de su mesita y saca el pastillero de la mañana. Píldora roja, píldora amarilla, píldora azul. Apura la taza de té y la deja sobre la mesilla. Saca entonces la pequeña libreta donde anota las constantes, la apoya sobre sus piernas. Saca el termómetro. Se lo coloca debajo de la axila y con la otra mano rebusca en el cajón. Sé perfectamente lo que busca, pero yo se lo he escondido. Recupero una idea que tuve hace tiempo. Es la última oportunidad. Me levanto, me dirijo al armario y saco una caja grande donde guardo todo lo necesario para intentarlo por última vez. Él ni siquiera me mira. Me quito el camisón, lo lanzo contra la cama y me visto con la ropa que hay en la caja. Miro a Jaime y ni se inmuta, todavía no se ha dado cuenta de nada. Ahora coge un espejito y se revisa la lengua y las amigdalas. Levantando las cejas, con miedo a olvidarse, anota la temperatura con cara de fastidio, como el que quisiera ver en unos números, el resultado del boleto ganador. En su caso, una temperatura por encima de los 37 grados. Por un momento dudo. Saco la maleta del altillo y la lleno con rabia, sólo incluyo lo imprescindible, algunas cosas ya estaban dentro desde hace mucho tiempo, tal vez demasiado. No sé por qué me molesto. Me da pena, en el fondo es tan indefenso. Aparto de nuevo la maleta y sigo con mi disfraz. Una vez que me he colocado la bata blanca y el estetoscopio al cuello, Jaime me clava los ojos. De un codazo destruye la pirámide construida con cientos de envases de medicamentos que se amontonan en su mesita de noche. Me meto en la cama blandiendo un talonario de recetas que hago restallar y él parece volverse loco. Entonces saco el tensiómetro que había escondido en el bolsillo de mi bata y se lo enseño timidamente, él lo sigue con los ojos. Cuando pienso que vamos a hacer el amor, a Jaime le entra un ataque de tos, tan fuerte que dudo si es real o no. Miro sus aspavientos y sus gestos de galán de películas de risa. Salto de la cama, cojo la maleta y sobre ella le extiendo una receta con un mensaje: “Avísame cuando te mueras”.