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2.8.09

EL BESO DE KLIMT

"El beso" de Gustav Klimt

Al ver aquel cuadro en el museo de Viena, reconocí que éramos nosotros.
Pincelada a pincelada yo había creado un amor de ficción. Los colores eran brillantes, de un dorado pasado de moda. Pequeñas figuras como moléculas habían formado nuestra personalidad. Tú siempre tan cuadrado y anguloso, con esa visión tan pesimista de las cosas pero a la vez tan real. Yo tan redonda, configurada por millones de círculos infinitos que no llevan a ninguna parte, tan soñadora e incapaz de enfrentarme con la realidad. Así llegamos hasta nuestro punto álgido. Nos fundimos en ese beso irreal que nos llevó a sentir un orgasmo de colores. El amor resbalaba hacia abajo, hasta el suelo. Nacieron pequeñas flores que volaron como mariposas. Arrastraron el telón que separaba el escenario de la platea donde la rutina lo mata todo. Dejaron al descubierto el miedo y el terror al ver cumplidos los sueños, siempre tan peligrosos. Salí corriendo como siempre y aún ahora, al mirar el cuadro, me sorprendo al descubrir que el nombre del autor no es el mío.
(Dedicado a Rosa, lo prometido es deuda)

10.4.09

EL OTRO LADO

Salvador Dalí, Tempus fugit


No sé cuanto tiempo llevaba caminando pegado a la línea del arcén. Su blanco fluorescente se me clavaba en los ojos. Mi cerebero se dividía en dos, justo por el centro. Se cortaba con la suavidad que le corresponde al tacto de una víscera. No era la primera vez que me sentía así. Se había convertido en una costumbre vivir dividido en pedazos.
No sabía lo que había hecho la última noche, pero allí estaba. Rodeado de lo que se podría decir la nada.
No pasaba un solo coche. Incluso el viento se había parado y en el horizonte se dibujaban extrañas flores transparentes hechas de calor.
No podía más. Me senté en un pedrusco que encontré en la cuneta. El sol me atravesaba la nuca gracias a la postura cansina que había tomado mi cabeza.
No sabía donde estaba y tampoco me importaba demasiado. Pero acaso no era eso lo que más deseaba, ir a ninguna parte, perder la noción del tiempo y olvidarme de la lógica.
Debía estar muy lejos, me había deshecho de los últimos vestigios de la ciudad. Sólo mi reloj me recordaba la esclavitud a la que estaba sometido desde hacía tanto tiempo.
Las doce en punto.
Levanté la mirada, apenas algún árbol a lo lejos. Saqué mi libreta y el lápiz de la mochila y me puse a escribir palabras, no paraban de brotar. Era un caudal de sangre lo que se pegaba a las páginas. Rodaban pedazos de sueños mezclados con deseos y obsesisones.
No me importaba nada más. Tan sólo las letras enlazadas unas con otras. Dibujos hechos con frases. El cuerpo de una mujer cubierto de palabras que la acariciaban. Y yo amándola, como si amara a todas las mujeres a la vez , como si amara al deseo mismo.
Las páginas se sucedían una a la otra hasta que conté seis.
Miré el reloj de nuevo, maldita manía. Las agujas no se habían movido ni un milímetro.
De nuevo las doce en punto.
La tierra roja se quebraba , podía oir el sonido de los terrónes rompiéndose bajo mis pies. Golpeé varias veces la esfera del reloj y el minutero empezó a moverse. Parecía como si quisiera acostumbrarse a un nuevo ritmo.
Las nubes pasaban lentas por encima de mí. El lápiz cayó al suelo. Al agacharme a recogerlo me quedé mirando un buen rato una fila de hormigas gigantescas que se dirigían al hormiguero. Estaban cargadas de semillas de cebada.
Las grandes explanadas estaban recien segadas. Tenían un aspecto desolador, de un amarillo salvaje que me atraía.
Las doce y media.
Contínué con la escritura. Cada vez más libre. Me dejaba llevar por el ritmo automático de las palabras. Sentía un suave cosquilleo. No tenía que pensar. Era como si rescatara una historia que ya estuviera escrita. Sólo me ocupaba de transcribirla. Me paré en seco cuando conté seis páginas más. Sentí miedo. La manga de mi camisa tapaba el reloj pero mi curiosidad me empujó a volver a pensar en el tiempo.
Otra vez las doce y media.
El sol no parecía haberse movido. Clavé un trozo de paja en el suelo e hice una marca para indicar la posición de su sombra. Tal vez todo era un transtorno de mi reloj.
Me coloqué como mejor pude y apoyé la libreta entre las piernas. Después se me ocurrió ponerla sobre la piedra a modo de escritorio y seguí escribiendo. Me sentí en la gloria, ya no hacía tanto calor aunque no se movía ni una hoja .
Me paré un momento a comprobar el palito de paja y la marca que había hecho en el suelo, no se había movido, todo continuaba igual.
Zarandeé mi reloj que mantenía sus manecillas en la misma posición.
Las doce y media.
Me parecía una línea perfecta que dividía la esfera en dos partes, puede que el pasado y el presente o el presente y el futuro, qué más dá.
Entonces seguí escribiendo, durante un tiempo incontable. Era como una inercia que me arrastraba a escribir y a escribir en una escritura eterna, sin medida y así sigo, escribiendo. Sólo a veces, me vienen recuerdos de lo que yo llamo el otro lado, como por ejemplo el sabor amargo de las pastillas para dormir.

18.3.09

El afilador

Fernando Orte


Pase usted al patio, estará usted mejor. Cierre, cierre la puerta. Hacía tiempo que no venía ningún afilador por el barrio, deben quedar pocos. Usted siga a lo suyo, siga, siga, no se preocupe. Ya se nota que es usted un profesional, no hay más que ver como maneja las herramientas. Estaba necesitando tanto a un afilador...mis cuchillos ya no cortan y al escuchar su musiquilla, he visto el cielo abierto, me recuerda tanto a mi infancia. Usted no se preocupe afile, afile. En este mundo de hoy en día, los buenos artesanos ya no son considerados, ya no son lo que eran. Hoy todo se hace en serie, es más barato, se ha perdido el encanto, ya ve ... hasta los crímenes, sólo hay que leer los periódicos. Bueno aunque para no llevar yo toda la razón, le diré que toda la vida ha habido crímenes, lo que pasa, es que no se les hacía publicidad, supongo que no nos enterábamos de la mayoría de ellos. Mire, cuando yo era chiquilla me pasaba la vida mirando por la ventana, estuve mucho tiempo enferma. Además era muy tímida, sabe usted, pasaba las horas acodada en el alféizar, sin hablar con nadie. Pero usted, siga que yo le hablo mientras trabaja, dele a la rueda, dele, ya sé que las tijeras están muy viejas, pero seguro que las deja como nuevas, para unas tijeras es como revivir. Pues mire usted, estoy segura que yo fui testigo de un crimen, podría jurarlo, pero ya ve, no pude demostrar nada, en aquellos tiempos nadie parecía querer enterarse de nada. Bueno ni siquiera me escucharon, quien iba a hacer caso de una mocosa de siete años y además estando como estaba, nunca creían nada de lo que yo decía. Desde luego que si hubiera sido hoy en día, mi madre hubiera llamado a una unidad móvil de la tele y hubiera salido en todos los canales. Debe quedarle poco para la jubilación, Será usted uno de los últimos. Perdone si le molesto, es que estoy muy sola, siempre he hablado demasiado, tengo demasiada fantasía, no me mire así, usted siga con su trabajo, a veces hablo conmigo misma, figúrese. Cuando acabe las tijeras, me afila usted este cuchillo, no sé vivir sin un buen cuchillo. Usted seguro que me entiende. Pues como le decía, los sábados por la mañana yo vigilaba a mis vecinos, unos limpiaban el balcón, otros barrían la puerta y María la modista cortaba y cosía ropa sin parar. Hacía unos meses que un afilador llegaba a nuestra calle sobre las nueve, silbando con su flautilla, era un hombre menudo, cojeaba un poco. María le avisaba por la ventana para que subiera a recoger un puñado de cuchillos y un par de tijeras. Cada semana la misma operación. Esta mujer debe tener los cuchillos transparentes de tanto afilarlos y las tijeras de costura darán hasta miedo, me decía yo, que era una ingenua. Siempre se daba prisa en correr las cortinas, en cuanto subía el afilador. Yo estaba muy pendiente, quería saber más, siempre quiero saber más. Yo vigilaba la bicicleta del afilador, ahí sola un buen rato. Uno de esos días, María se olvidó de cerrar la cortina y presencié algo terrible, él la abofeteaba varias veces; yo lo veía como a cámara lenta, estaba tan lejos como para no escuchar nada; luego le clavó un cuchillo en el pecho. Ella cayó fulminada. El afilador cerró las cortinas como un poseso, a veces pienso que me vio. Como una hora después, yo seguía observando, quería verle salir. Mi madre se pasaba toda la mañana comprando, no había nadie en casa a quien le pudiera contar nada y la puerta estaba cerrada con llave, como cada día. No supe qué hacer. Lo vi salir con la cara muy roja, nunca más volvió. Yo pregunté por María, incluso conseguí que me ayudara mi madre haciendo preguntas, pero María había dicho a la gente que pensaba dejar el barrio, que se iba a marchar con su novio, que cuando nos enteráramos de quien era, nos sorprendería y nadie se extrañó de no volverla a ver. Todo quedó en una historia tonta de las mías, una historia de la pobre loca, ya ve usted, pero a mi no pudo engañarme. Yo sinceramente le digo que antiguamente no nos enterábamos de la mitad de las cosas que pasaban. Desde entonces, perdóneme usted, por la parte que le toca, desconfio de los afiladores, no son santo de mi devoción, debo decirle que los odio; pero tengo un problema, no se lo tome a mal, no es cuestión personal, no puedo vivir sin un buen cuchillo afilado, muy afilado, lo suficiente como para matar limpiamente, sin ni siquiera dejarle hablar.

30.6.08

Hoy me gusta el fútbol

Foto: Reuters/C. Charisius del Periódico.com


Últimamente he descubierto mi vena deportiva. Nunca me había sentido tan española y tan futbolera como en estas últimas semanas. Siempre había mirado con buenos ojos un partido de vez en cuando, en ocasiones especiales cuando se enfrentan los grandes. Lo achacaba al recuerdo de mi padre que era un aficionado de esos que no son de ningún equipo para no estropear su entendimiento e imparcialidad futbolística. Mi padre era de esos que se mordía las uñas y se agarraba a los brazos del sillón cuando yo, en mis eternos paseos por delante de la tele, sin saber lo que pasaba, le impedía ver como entraba el balón en la portería. Estos días, cuando la sangre no me llegaba al cuello delante de la pantalla y empuñaba una cerveza en la mano, como si estuviera a punto de convertirse en un arma arrojadiza, me pregunto cuánto de sus genes llena mi cuerpo.
Tal vez todo eso no tenga nada que ver. Estos días hemos podido disfrutar de un entusiasmo de todo un país, que nunca se acaba de sentir España. Es parte de la magia española el discutir entre las distintas comunidades, el ser tan diferentes. Yo no sé muy bien de dónde soy, abuelos maternos nacidos en Albacete, los paternos en Jaén, mis padres nacidos en África e inmigrantes en Alemania, y yo como no, nacida en Cataluña, menudo jaleo pero qué más da. Siempre digo que me considero ciudadana del mundo. España es como este equipo que ha ganado la Eurocopa, cada uno de su pueblo pero que todos juntos saben ser uno. Ojalá supiéramos aplicar esta filosofía del toque, del pase a cada uno de los miembros del equipo, a cada una de las comunidades que no por ser diferentes no pueden llegar a trabajar en equipo. Ojalá que el mundo entero pusiera el mismo ímpetu en luchar por las cosas verdaderamente importantes, y lo de ayer me demuestra que podemos… No que podemos ganar un simple trofeo sino que podríamos conseguir todo aquello que de verdad nos propusiéramos. En vez de chupar pelota, pásala, dale la oportunidad al que esté mejor colocado, piensa que no eres tú el único habitante del mundo. Y por imitación, valdría la pena que todos los países supieran también pasarse la pelota entre ellos, supieran confiar los unos en los otros, no solo aprovecharse de los más débiles. Consigamos que lo bueno que tiene el deporte se traspase a los asuntos sociales, a la economía, a la cultura para todos. Dejemos atrás la parte del deporte que no nos gusta, los fichajes millonarios, los despilfarros innecesarios y los negocios sucios. Saquemos a la luz aquello que nos une y que nos hace respetar al contrario como un rival digno.

29.11.07

Mi otra cara


Soñar que uno está enamorado
y que te besan al alba.
Soñar con la libertad
mientras te aplastan.
Soñar que vuelo
mientras mis pies se hunden
En el fango que corroe.
Reconocer una foto marchita
y borrar el tiempo
como quien plancha una arruga.
Es soñar el equilibrio
que me mantiene derecha.
La realidad y el sueño
dos patas de una misma mesa
en la que come el silencio.
Si derribo la vigilia
también caerán mis sueños.