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5.1.12

NOCHE DE REYES






Nuevos propósitos


Los Reyes Magos subieron los últimos peldaños de la escalera del Ayuntamiento. La noche era fría, estaban cansados pero en estos días de crisis nadie debía quedarse sin regalos. Al llegar a la puerta, Baltasar detuvo a sus compañeros y les hizo retroceder mientras él leía un cartel que había llamado su atención: “No se aceptan regalos”.
Baltasar dio una calada a su cigarro puro mientras miraba el edificio del Consistorio. Con voz socarrona se dirigió a Melchor y Gaspar:
-Pensaba que sería otro cartel de prohibido fumar pero tan sólo es otro propósito de Año Nuevo.
-Entonces ¿Les dejamos algo o no?-dijo Melchor.
-Déjales algo, no creo que les dure mucho la intención.

22.4.11

DAÑOS COLATERALES Para Sant Jordi

Ilustración: Piero Ruju




El sonido del televisor narra las últimas novedades en Libia. Las heridas de las víctimas no parecen diferenciar entre la gente que los oprime y la gente que viene a liberarlos. siguen sangrando. Las gotas dibujan rosas de pétalos irregulares en las sábanas que las cubren.


Sobre la mesa del salón, la pluma escupe la tinta en una especie de queja extraña. Él se pone rabioso. La desenrosca, la vuelve a montar. No consigue escribir nada y tan sólo dibuja rosas negras cuando la tinta se extiende en el papel. Sin ningún sentido.


Ella, en la cocina, prepara un caldo. Mueve el cucharón con gestos nerviosos, como si fuera un tic. Una gota de sudor recorre su cara, baja lentamente desde su frente y resbala por la nariz. Calienta un poco de agua en un cazo para añadir al guiso. Todo debe salir perfecto. El agua fria incorporada al caldo, haría que los garbanzos quedaran crudos. Hoy, él no está de humor. La mujer se seca el sudor con un paño de cocina. Ayer se acabó el último rollo de papel. Tampoco queda mucha carne y no puede permitirse más errores.


La pantalla del televisor está ocupada por un tanque de guerra enorme, parece sacado de una película de la Primera Guerra Mundial. Un caballo de hierro destartalado que busca un caballero negro para que lo monte, tal vez con una cruz roja en el pecho. Daños colaterales, inocentes que no saben cuál será la mano del salvador que los mate.


Una suave brisa entra por la ventana y mueve las hojas de la libreta del escritor. Escribe algunas palabras. Tacha un par de ellas y vuelve a reordenarlas. Da un puñetazo en la mesa y la pluma sale disparada y mancha el suelo.


Ella se asusta y golpea el cazo que ha colocado al borde del mármol. Cae con un ruido estridente. El agua caliente le salpica a los pies, muerde el trapo pero ya es tarde.


Él le pregunta a gritos qué es lo que pasa. Que si no piensa que por su culpa no puede concentrarse. Le dice que es una inútil y que no sirve para nada. Le dice que qué haría sin él, que no es capaz de vivir por sí sola.


En la pantalla de la tele, el dictador agita las manos enervando a su pueblo o bailando una danza macabra.


El hombre golpea a la mujer para salvarla de una existencia inútil en la que él mismo no cree. Ella cae al suelo como el dragón de la leyenda que guarda la rabia de un loco en su interior.


Parece que este año, Sant Jordi mata a la Princesa. Daños colaterales. Las rosas se transforman en sangre. Las leyendas también se reescriben.

El escritor apaga la televisión.

4.6.09

La bolsa






En la calle dos viejos pasean de la mano. Ella lleva una bolsa . Él se apoya en un bastón. Apenas pasan coches. Los edificios desiguales y maltrechos dibujan sombras siniestras. Un perro ladra a la vieja. El hombre lo mira fijamente y lo desafía. Después el animal se lanza al bastón. Acuden dos perros más pero se mantienen al margen. El hombre suelta de la mano a la mujer y golpea al perro. Sus movimientos todavía tienen fuerza para malherirlo pero se desequilibra y cae al suelo. Ahora son los tres animales los que acechan al viejo. Él intenta incorporarse. Levanta la cabeza y no los pierde de vista, como si con la mirada pudiera controlar su ataque. Una gota de sangre recorre el espacio desde la ceja al labio superior del viejo. El perro también sangra. No pasa nadie por la calle. La mujer no sabe qué hacer, se queda inmóvil sujetando la bolsa, la abraza y la levanta hacia arriba, como si quisiera ponerla a salvo de las fieras.
La vieja mira hacia arriba y reconoce la silueta de un hombre que está asomado a la ventana, distingue el fuego encendido de un cigarrillo en la oscuridad. No puede gritar. Recorre con la mirada todos los bloques. Están llenos de ventanas con párpados cerrados. Oprime la bolsa contra su pecho.
Los perros atacan al hombre, los cuatro cuerpos escuálidos tironean unos de los otros. El viejo aprieta los dientes y como puede, se pone en pie. Golpea a los perros con el bastón. Recuerda la fuerza que empleaba al empuñar el hacha con la que cortaba la leña cuando era joven . Los perros toman forma humana y cantan a su alrededor, se burlan de él. No dejará que le arrebaten lo último que les queda, ellos no podrán, nadie podrá quitarles lo único que tienen, se repite una y otra vez.
La vieja parece que reacciona y le da una patada a uno de los animales que aúlla. Los demás salen corriendo, cansados de luchar y entre quejidos se alejan. Uno de ellos se atraviesa delante de un coche negro, se tambalea, el coche da un frenazo, el perro recupera la marcha y desaparece.
El conductor del coche sale y comienza a increpar a la pareja de ancianos. Les grita y les pregunta si es suyo ese perro. Los viejos niegan con la cabeza. Les dice si es que se dedican por las noches a espantar perros callejeros. Les dice que por qué no se van a su casa y dejan de interrumpir el tráfico. El conductor se sube al coche y se aleja. No viene ningún otro vehículo detrás, ni tiene nadie delante, acelera con fuerza. El ruido se amplifica al chocar con las paredes del barrio.
La mujer coge la bolsa por un extremo y le da el otro al hombre. Ella se ha hecho daño en la pierna y cojea. A él le da igual que le sangre la ceja, ya se secará, prefiere seguir caminando y olvidar, olvidarlo todo.
Pasan un contenedor de basuras y a pocos metros, les para un hombre joven. Lleva una cazadora de piel color marrón y unas gafas de sol a modo de diadema. Se ríe de la pareja de ancianos y les grita que se han pasado el contenedor, que dónde van con esa bolsa. El viejo mueve la cabeza de un lado a otro. La mujer lo mira esperando que sepa salir de la situación. El hombre de la chaqueta de piel les pregunta que qué diablos llevan en la bolsa. El viejo sigue sin hablar. Qué habéis robado viejos, os lo compro, me sobra el dinero, dígame lo que llevan. El viejo niega con la cabeza. Viejo testarudo. El hombre se aleja, cruza la calle y se reúne con una chica rubia que lo besa. Él la abraza y se queda mirando a los viejos. La vieja vuelve a tomar con fuerza la bolsa y sigue andando todo lo deprisa que puede, el viejo la sigue. Ella espera unos segundos al anciano y de nuevo aligera el paso.
Al mirar atrás , ve a otro hombre, al que parece reconocer, les sigue. Lleva un cigarrillo encendido que se ve brillar en la oscuridad, con ese tono rojizo que toma el tabaco ardiendo. Los tres perros aparecen en una bocacalle y se pegan al fumador. Los viejos apresuran el paso, de nuevo comparten la bolsa. El bastón marca el ritmo de lo que parece un desfile.
El chico de la chaqueta de piel se despide de la rubia y se suma al grupo. Ella lo sigue con una mirada interrogante sin que él se de cuenta.
Nadie habla con nadie, todos miran a la bolsa. Los edificios dejan paso a algunos solares. Los árboles se alternan con montones de basura.
El coche negro, que parece estar dando vueltas por el barrio, divisa a la comitiva y la sigue. El conductor abre la ventanilla para no perderse la ruta de la bolsa.
La chica rubia también intenta alcanzarles. Se figura que algo pasa ¿Qué es lo que sigue todo el mundo? Se pregunta. Algo llevan en la bolsa ¿Qué ocultan esos viejos? Todos se hacen la misma pregunta pero nadie pronuncia una sola palabra.
La ciudad va quedando atrás . La fila de hombres, mujeres y perros se hace interminable.
Los viejos cansados de arrastrar la bolsa, se paran y se sientan en un banco desvencijado. El hombre mira a la vieja y le dice en voz baja:
—Ya te dije que nuestro gato, hasta después de muerto, nos quitaría la soledad.

29.3.09

El hombre del zoo




Aquel día me había levantado especialmente feliz. Quise dar un paseo por el zoo y sentarme en mi banco preferido con el bocadillo bajo el brazo . Justo debajo de aquel sauce llorón enorme. El diario me cubría las piernas como una mantita, de esas que se utilizan para ver cómodamente la tele en casa. Iba pasando páginas inmerso en mis pensamientos. Puse mucha atención al pasar a la sección de deportes, la goleada de mi equipo me tenía embelesado, no me importaba nada más. Noté que alguien me golpeaba en el hombro como llamándome la atención. Miré hacia la izquierda un tanto molesto. No ví a nadie. Bajé un poco la cabeza y encontré un pelo rojizo sobre la hombrera de mi americana, allí mismo, donde había notado la presión. Entonces me volví hacia los matorrales del parterre y ví como las hojas se movían. Dejé el periódico sobre el banco, tapando el bocadillo, curvé un poco la espalda y me asomé entre las ramas. Me quedé paralizado, cara a cara con un orangután. Enseguida reaccioné, aunque fuera tan sólo con el pensamiento ya que no sabía qué músculo mover para no provocar al animal. Empecé a procesar los miles de documentales que había visto en tantas sobremesas aburridas. Los cientos de artículos de ciencias naturales de las revistas que me había leído. Y mis eternos paseos por el zoo observando a los animales. El orangután tampoco se movía. Sus pequeños ojos, casi juntos, me miraban, tal vez con el mismo miedo que yo a él. Entonces recordé el significado de la palabra orangutan: Orang Hutan, hombre de la selva. Era increíble la sensación de igualdad en nuestra diferencia. Éramos frente a frente dos iguales, ambos lados de un espejo, sin saber cuál de los dos era el aútentico hombre del zoo, que era nuestra pequeña selva particular. El simio salió de su escondite y se enderezó para mostrarme su altura, su verdadera estatura moral y física. Dos metros de bicho me hicieron levantar la mirada, para seguir sus ojos. No sabía si hacía bien aguantándole la mirada, pero me parecío la única manera de disimular mi terror. El orangután parecía querer hablarme. Movía sus gruesos labios, flexibles y dibujaba palabras ininteligibles que yo quería traducir. Estiró los brazos y mostró su envergadura que no era inferior a tres metros. Entonces salí a correr, con tan mala forturna que tropecé y me estampé de bruces contra el suelo. El orangután aprovechó para cogerme por el cinturón y levantarme en peso. No me salía la voz de la garganta. Era yo el que pronunciaba otra serie de palabras ininteligibles ni para él ni para nadie. Su fuerza era tal, que me balanceaba muy despacio, mirándome como a un juguete. La gente empezó a rodearnos. Un grupo de niños aplaudía al ver la habilidad del animal para pasearme. El bicho comenzó a relajarse, parecía estar encantado con los aplausos. Un grupo de extranjeros se miraban atónitos y a los pocos minutos, sonreían entusiasmados viendo las piruetas que hacía el alegre orangután con su muñeco humano. Cada vez que era capaz de abrir los ojos, veía más gente emocionada. Y ahí estaba yo intentando hacerme oir. El animal paró de repente su balanceo y me abrazó con fuerza. Me dejó en el suelo con muchísimo cuidado, de nuevo al lado de mi banco. El mono cogió el diario y descubrió el bocadillo, le quitó el papel sin dificultad y muy satisfecho se puso a comerlo. Los aplausos no cesaban. Haciéndose paso entre el público, un par de trabajadores del zoo llegaron hasta nosotros, le pusieron una tremenda argolla en el cuello al orangután y lo arrastraron sin problemas. Yo me quedé como un tonto, sin saber qué hacer, mirando cómo el animal se llevaba mi periódico y el bocadillo que yo había dejado sobre el banco. Se abrió un ancho pasillo entre la gente y se dirigieron hasta el habitáculo de los orangutanes. Los vi marcharse aún con las piernas temblando y las manos heladas. Me repuse como pude, nadie se acercó a preguntarme, tan sólo comentaban entre ellos lo realista que había sido el espectáculo, que si qué habilidad, que si había sido un acierto que el hombre fuera vestido de traje y corbata, que si el mono era muy simpático y otras muchas frases en diferentes idiomas. Decidí marcharme por la primera puerta que encontrara y era justo la que estaba al lado de los orangutanes. Allí estaba mi amigo pasando las páginas de mi diario.

31.12.08

FELIZ 2009 con relojes de arena que no hacen tanto ruido




"El caballero, la Muerte y el Diablo" de Durero, de la colección de grabados alemanes de la Biblioteca Nacional de España

( En varios grabados de este pintor aparece el reloj de arena, tétrico medidor del tiempo)



Llega el último día del año y hay que apresurarse a terminar cosas que quedaban por completar para este año 2008. Cosas en las que fundamentar los nuevos proyectos que siempre se desean en estas fechas. Ni apuntarse al gimnasio, ni aprender idiomas, ni proponerse dejar de fumar, lo que deseo es seguir escribiendo y leyendo todo lo que pueda también en el 2009. Es un deseo que formulo también para todos mis lectores. Feliz 2009 lleno de letras.
El pasado viernes 21 de noviembre de este año que termina, mi buen amigo Peatón me propuso participar en lo que se denomina un “meme”, alegando principalmente que le hacía gracia y que podía servirme para actualizar el blog que tengo un poco abandonado. Éste, entre otros es mi proyecto para el último día. Para ello debo incluir las normas como si esto fuera un manual de instrucciones:
1. Incluir un vínculo a la página de la persona que te invita a memear y poner estas normas en el blog propio.

2. Compartir 7 hechos sobre uno mismo en el blog, algunos al azar, otros curiosos.

3. Invitar a 7 personas al final de esta entrada, dejando sus nombres y los enlaces a sus blogs.

4. Hacerles saber que han sido invitados dejando un comentario en sus blogs.

5. Si no tienes 7 amigos, o si alguno ya fue invitado por otro, entonces busca a algún extraño insospechado.


El tema que elijo es algo extraño pero la verdad que me he divertido bastante buscando datos y perdiéndome en la red buscando páginas que me sirvieran.
Por si no lo sabéis, no soy Letras de Arena por casualidad. Hace mucho tiempo que comencé a coleccionar arenas del mundo, de playas, del desierto o guardadas en sitios tales como por ejemplo un reloj de arena. Y éste es el tema de mi meme, los relojes de arena. He encontrado una serie de curiosidades, 7 en concreto que sólo han hecho que abrir puertas a mi curiosidad y que dejo entreabiertas para que vosotros entréis en ellas.




1. Reloj de arena de Borges:



Está bien que se mida con la dura


Sombra que una columna en el estío


Arroja o con el agua de aquel río


En que Heráclito vio nuestra locura




El tiempo, ya que al tiempo y al destino


Se parecen los dos: la imponderable


Sombra diurna y el curso irrevocable


Del agua que prosigue su camino.




Está bien, pero el tiempo en los desiertos


Otra substancia halló, suave y pesada,


Que parece haber sido imaginada


Para medir el tiempo de los muertos.




Surge así el alegórico instrumento


De los grabados de los diccionarios,


La pieza que los grises anticuarios


Relegarán al mundo ceniciento




Del alfil desparejo, de la espada


Inerme, del borroso telescopio,


Del sándalo mordido por el opio


Del polvo, del azar y de la nada.




¿Quién no se ha demorado ante el severo


Y tétrico instrumento que acompaña


En la diestra del dios a la guadaña


Y cuyas líneas repitió Durero?




Por el ápice abierto el cono inverso


Deja caer la cautelosa arena,


Oro gradual que se desprende y llena


El cóncavo cristal de su universo.




Hay un agrado en observar la arcana


Arena que resbala y que declina


Y, a punto de caer, se arremolina


Con una prisa que es del todo humana.




La arena de los ciclos es la misma


E infinita es la historia de la arena;


Así, bajo tus dichas o tu pena,


La invulnerable eternidad se abisma.




No se detiene nunca la caída


Yo me desangro, no el cristal.


El rito De decantar la arena es infinito


Y con la arena se nos va la vida.




En los minutos de la arena creo


Sentir el tiempo cósmico: la historia


Que encierra en sus espejos la memoria


O que ha disuelto el mágico Leteo.




El pilar de humo y el pilar de fuego,


Cartago y Roma y su apretada guerra,


Simón Mago, los siete pies de tierra


Que el rey sajón ofrece al rey noruego,




Todo lo arrastra y pierde este incansable


Hilo sutil de arena numerosa.


No he de salvarme yo, fortuita cosa


De tiempo, que es materia deleznable.





3. Nebulosa Reloj de Arena




4. Reloj de arena digital




5. Lámpara reloj de arena


6. Reloj de arena con diamantes


7. El libro “reloj de arena” de Ernest Jünger, Tusquets 1998.


Mis invitados para que continúen esta cadena memera son:












24.4.08

Mi peor enemigo



Me siento en una silla, dejo el libreto en el suelo. La escena que tengo que representar es una fuerte discusión. En la memoria danzan las palabras sin orden .Comienzo a echarlas fuera como si fuera un autómata. Soy una especie de robot sin sentimientos que recita frases sin ninguna entonación, una serie de leyes fantasmas salidas de alguien sin corazón ni tripas. Mi tono sin color es completamente neutro. Es así como me lo exige Ángel, el director. Tan sólo quiere comprobar que me sé el texto. No le interesa lo que pienso. Después me pide que busque en mi interior, una emoción, un sentimiento que me ayude a vestir esas frases, como él quiere. Busco la intención en otros lugares, en otros seres que quedaron atrás, pero que no se han borrado de mi mente. Busco en otras palabras que fueron dichas, el tono que necesito para interpretar, como si corazón y palabra pudieran aislarse en tubos de ensayo para utilizar en cualquier experimento del comportamiento humano. Quiero hallar situaciones llenas de rencor, llenas de furia y no las encuentro. No encuentro esos enfrentamientos cara a cara, ese sentimiento de lucha por algo que de verdad me importa. Sólo siento dejadez, impotencia, conformismo, un eterno asentir con las opiniones de los demás. Veo una inmensa llanura en el horizonte. No veo a nadie con quien discutir, estoy sola. Son unos segundos eternos. Un silencio aterrador.
Sigo en mi silla, sobre las tablas, como un náufrago aferrado a ellas. El decorado es muy simple: algunos muebles, un perchero y poco más. De pronto, encuentro lo que buscaba. Al girar la cabeza, me veo en un espejo situado a un lado del escenario y siento rabia, la suficiente rabia como para unirla a las palabras memorizadas. Entonces, convierto mis palabras en flechas y me las lanzo a mí misma en un calculado suicidio. El director me felicita, me dice que es eso lo que él quería escuchar, ese es el tono correcto. Y lloro por dentro sin derramar una sola lágrima.

28.2.08

Lo que nunca te dije

(foto Kamil Vojnar)

Es lo que nunca te dije
lo que me llena por dentro.
Cominezo mi viaje camino a la infancia.
Los vencejos han vuelto otra primavera,
el mismo día de siempre.
Repetición infinita que surca el cielo.
Salen gritando de mis adentros,
buscan un lugar que está muy lejos.
Camino incesante y pienso que avanzo.
Tal vez retrocedo, deshago, ensueño,
maldigo hacia atrás en el tiempo.
Sigo con pies doloridos y,
la sangre dibuja senderos invisibles,
sólo sus gritos me llenan de antaño.

21.2.08

MIS PERSONAJES






La primera vez que decidí inventarme a mí misma pensé que no volvería a intentarlo.
Empecé con lo fácil, cuestiones de mi aspecto exterior, un color de pelo y un tatuaje de un animal fantástico, cosas que le hacen a uno reconocerse cuando se mira al espejo sin demasiado detenimiento. Inventé un nuevo marido fruto de una relación larga, llena de discusiones y reencuentros. Me costó mucho elaborar su carácter, para que fuera creíble. Sus multiples cambios de humor me tenían confusa, pero supongo que fue una decisión acertada, era uno de esos que toda mujer está dispuesta a inventar. Otra cuestión fueron los niños. Fue muy dificil volver a la infancia para inspirarme en las aficiones típicas de la niñez, además de añadir las características propias de los tiempos actuales, tales como actividades extra escolares, video juegos, los niveles de estudio y la música de moda. Fue pesadísimo pensar en el tipo de familiares, tíos, primos, abuelos, incluso padres y el entorno social al que debían pertenecer. Todo dejaba huella en la invención de mí misma, era como un puzzle en el que todas las piezas tienen importancia para completar el dibujo. Al sopesar los elementos sociales de mi personalidad, me di cuenta que tal vez no podría llegar a ser nadie sin los demás, sin una buena construcción de todos aquellos elementos que no eran yo pero que formaban mis límites, que formaban la idea de mí flotando en sus mentes. Al trabajar en los límites, pensé que también debía emplearme a fondo con mi casa ¿Qué es una persona sin su casa? Así inventé un decorado en el que actuar y representarme a mí misma. Llegué entonces a mis sentimientos, los había estado aplazando durante mucho tiempo. Para reactivarlos, podía inventarme a un amante pero me dio miedo. En lugar de eso, una mascota que aunque requiere algunos cuidados, no resultaría tan problemática. A pesar de todos mis esfuerzos, no sabía cómo debía sentirme, amor, odio, locura eran muy dificil de determinar. Tenía la sensación de estar incompleta. Justo al llegar al final de mi creación me sentía con el mismo vértigo que al principio, ¿debía tal vez seguir creando sin parar? Ví mi sombra dibujada en la acera, esa forma negra en movimiento que parecía pedirme que volviera a empezar, que todo lo inventado había quedado detrás de esa mancha negra y que era necesario seguir escribiendo. Seguir escribiendo e inventando nuevos personajes todos escondidos detrás de mi sombra.

17.12.07

Flores de olvido


Una música de estructura fractal lo envuelve todo.
Las gotas de lluvia se deslizan por la cristalera. Da la sensación de que en cualquier momento se van a convertir en flores de nieve con pétalos que cortan.
En las noticias de la tele, veo la imagen de un viejo compañero. Hace veinte años que no lo veía y lloro.
Las lágrimas manchan la hoja y dibujan flores de pétalos de tinta.
No escucho el sonido de las gotas al caer al suelo, tan solo las veo saltar, dibujan flores de pétalos transparentes que apenas se ven, que no huelen que existen un segundo para dejar paso a otras de igual forma.
Hasta que cese la lluvia. Hasta que el hielo se deshaga. Hasta que las palabras sobre la hoja de papel se emborronen. Hasta que así, se disuelvan todas las flores.

15.11.07

El colchón



Debería de haberme puesto las zapatillas. Quién me mandaría ponerme los zapatos. Vieja chocha. Maldita hebilla. A lo mejor ese chico. Es inútil, cruza a la otra calle, ni me mira. Apoyaré el colchón contra esa pared y allí lo recogerá el camión, al lado de la basura. Qué lejos se ve. La carga para mí sola, como siempre. Pesa el condenado. Buenas siestas se pegó el gachón. Aún huele a vino. Se me escurre. Quién me iba a decir a mí, con la fuerza que yo tenía. Qué calor. Y las monas que durmió el tío. Y que no pasa nadie. Es lo último que me queda de Dionisio. Ay! Mi pie. Por fin terminé con todo. Son tantos años. La rodilla también. En cuanto llegue me tomo la pastilla. Qué memoria tengo. Aún tiene el hueco de su cuerpo. Es mejor así, sin que nadie me vea. Las vecinas dirían que no lo guardo de recuerdo. Que un marido es un marido. Un respeto, diría Luisa. Ella qué sabe de respeto. De puertas adentro él era otro hombre. Si que pesa sí. Me paro aquí un momentito. Ahora no pasa ningún coche. Si él me viera. Pero ya no. Ya no puede nada. Y yo tampoco, esa es la verdad. Yo tampoco nada. Llegué tarde. Qué lejos está esa pared. La mano se me duerme. Sueño eterno para él. Y Dios que me conserve lo mejor. Que aún eso lo conservo. Espero que tenga pesadillas allí donde esté. Los muertos no leen el pensamiento. Dicen que tampoco los vivos. Eso es mentira. Empuja vieja, que ya falta poco. Él sabía lo que yo pensaba, sólo con mirarme a los ojos, o no sé, serían mis gestos que siempre lo dicen todo. Sin una palabra. No te quejes y tira para adelante. Bueno me paro un poquito más. Total ya no tengo prisa ¿Quién habrá dejado estos trastos viejos junto al contenedor? Esta es igualita a mi cómoda. Un poco más vieja, todo hay que decirlo, maltratada. Como si le hubieran dado una tunda de palos. Los cajones son igualitos. Ya casi llego, pero mejor me paro otro poco, que me falta el aire. Si es que no estoy para estos trotes. Y claro, sin el bastón. No me lo iba a traer también, ¿con qué mano lo iba a coger? Si es que estás tonta. Son tantos años. Si estás más vieja que el colchón. Al principio nos gustaba tanto este colchón. Y qué poco duró el gusto. No nos faltaría de na. Ahora que he llegado hasta aquí, no me voy a rendir, no lo voy a dejar aquí en medio. Tapa demasiado el paso. Pero es que ya no puedo más. Y luego Dionisio se apoderó de él. Como si fuera sólo su cama. Como de todo. Mejor sola. Y la gente que poco madruga. Ni un alma. Y mi niño se tuvo que ir de casa. Y ni una palabra. Volverá para enterrarme, le avisarán las vecinas. Para tirar mis trastos, como yo tiro los de Dionisio. Parece que no pasa ni el tiempo, ya debería haber amanecido. Qué haraganes. Y no hay un hombre por ahí que acerque el colchón a la pared. Nada o todo. No nos faltaba de nada. El muy... De nada, de nada, pero todo para él. Tal vez yo tenga la forma de Dionisio como este pobre colchón que se le quedó la marca. Todo en mi casa tiene la forma de Dionisio. Todo está deformado por él. Todo no tiene forma. Ya, ahí se queda el colchón, no puedo más.